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    Descripcion:
    Ayer por la tarde fui a la escuela de ninas que esta al lado de la nuestra para entregarle el cuento del muchacho paduano a la maestra de Silvia, que lo queria leer. ¡Setecientas chicas hay alli! Cuando llegue, empezaban a salir, muy contentas, por las vacaciones de Todos los Santos y de los Difuntos; y vi algo inolvidable.

    Frente a la puerta de la escuela, en la otra acera de la calle, estaba apoyado en la pared y la frente sobre el brazo, un deshollinador muy pequeno, que tenia la cara completamente tiznada y sostenia el saco y el raspador de su oficio. El muchacho lloraba a lagrima viva, sollozando. Se le acercaron dos o tres chicas de la segunda seccion que le preguntaron:

    Quito entonces el brazo del rostro, dejando al descubierto una cara infantil, y, gimoteando, les dijo que habia estado trabajando en varias casas limpiando chimeneas, que habia ganado seis reales y los habia perdido por habersele escurrido las monedas por un roto que tenia en el bolsillo -les hizo ver el agujero sacandose el forro-, no atreviendose a volver a su casa sin el dinero.

    Las chicas le miraron muy serias. Entretanto se habian acercado otras muchachas mayores y pequenas, pobres y acomodadas, con sus carteras bajo el brazo. Una de las mayores, que llevaba una pluma azul en el sombrero, se saco del bolsillo dos monedas y dijo a todas:

    -dijo una. Llegaron, efectivamente, las de cuarto y llovieron las monedas. Todas se arremolinaban, y era hermoso ver al pobrecito deshollinador en medio de chicas vestidas con diversos colores, en todo aquel circulo de plumas, de lazos y de rizos.

    Las chicas se dispersaron en todas direcciones corno desbandada de pajaros, quedando el pequeno deshollinador solo en medio de la calle, enjugandose los ojos, muy contento, con las manos llenas de dinero y con ramitos de flores en los ojales de la chaqueta, en los bolsillos, en el sombrero, habiendo no pocas flores incluso por el suelo, rodeando sus pies.

    Este dia esta consagrado a la conmemoracion de los fieles difuntos. ¿Sabes, Enrique, a que muertos debeis dedicar un recuerdo especial para vosotros los muchachos? A quienes mas se distinguieron durante la vida en su amor a los ninos y a los adolescentes. ¡Cuantas de esas personas benemeritas mueren de continuo! ¿Has pensado alguna vez en los muchisimos padres que consumieron su existencia en el trabajo, y en las madres que bajaron al sepulcro prematuramente extenuadas por las privaciones que soportaron para sustentar a sus hijos? ¿No sabes que ha habido padres que llegaron al fin de su vida desesperados por ver a sus hijos en la miseria, y que muchas mujeres perecieron de pena o se volvieron locas ante la perdida de un hijo? Piensa hoy en todos esos muertos, Enrique. Piensa en tantas maestras que murieron jovenes consumidas por el diario quehacer escolar para bien de los ninos, de los cuales no quisieron separarse; piensa en los medicos que murieron de enfermedades contagiosas de las que no se precavian por curar a los ninos; piensa en todos aquellos que en los naufragios, en los incendios, en las epocas de hambre, en un momento de supremo peligro, cedieron a la infancia el ultimo pedazo de pan, la ultima tabla de salvacion, la ultima cuerda para librarse de las llamas, y expiraron satisfechos de su sacrificio que conservaba la vida de un pequeno inocente. Son innumerables, Enrique, esos muertos; todo cementerio encierra centenares de santas criaturas, que, si pudieran levantarse por un momento de la sepultura, nos dirian el nombre de algUn nino al que sacrificaron los placeres de la juventud, el sosiego de la vejez, los sentimientos, la inteligencia, la vida; esposas de veinte anos, hombres en la flor de la edad, ancianas octogenarias, jovencitos -heroicos y oscuros martires de la infancia-, tan grandes y gallardos, que no produce la tierra tantas flores como debieramos poner en sus sepulcros. ¡Cuanto se quiere a los ninos! Piensa hoy con gratitud en esos muertos y seras mejor y mas afable con los que te quieren y trabajan por ti, afortunado hijo mio, tu que en el dia de los fieles difuntos no tienes aUn que llorar a ninguno

    No han sido mas que dos los dias de vacaciones y me parece que he estado mucho tiempo sin ver a Garrone. Cuanto mas lo conozco, tanto mas lo aprecio, y lo mismo les sucede a los demas, con excepcion de los presuntuosos y arrogantes, aunque a su lado no puede haberlos, porque no permite que ninguno se haga el mandon. Cada vez que uno de los mayores levanta la mano sobre un pequeno, grita este:

    Garrone es el mas alto de la clase; levanta un banco con una mano; no para de comer. Su padre es maquinista del tren y el empezo a ir tarde a la escuela porque estuvo enfermo dos anos. Es muy servicial: cualquier cosa que se le pida, un lapiz, una goma, papel o el cortaplumas, lo presta o lo da. Es muy serio, y en clase ni habla ni se rie; esta muy quieto en el banco, que resulta reducido para el, debiendo tener la espalda agachada y la cabeza como metida en los hombros. Cuando lo miro, me dirige una sonrisa y entorna los ojos, cual si quisiera decirme:

    Da risa verle tan grandote y corpulento, con su chaqueta, pantalones, mangas y todo demasiado estrecho y corto; el sombrero no le cubre la cabeza; lleva el pelo a rape, botas pesadas y la corbata siempre arrollada como un cordel. ¡Cuanto quiero a ese muchacho! Basta ver una vez su cara para tomarle carino. Todos los mas pequenos desearian tenerlo junto a si como companero de banco. Sabe mucho de Aritmetica. Lleva los libros atados con una correa de cuero encarnado. Tiene una navajita con mango nacarado que se encontro el ano pasado en la plaza de Armas, y un dia se corto un dedo hasta el hueso, pero ninguno se lo noto en clase, y en su casa no dijo nada para no asustar a sus padres. Consiente que le digan cualquier cosa sin tomarlo nunca a mal; pero, ¡ay si le dicen no es verdad cuando afirma algo! Entonces echa chispas por los ojos y da punetazos capaces de partir el banco.

    El sabado por la manana dio una moneda a un chiquito de la primera superior que estaba llorando en medio de la calle porque le habian quitado el suyo y ya no podia comprarse el cuaderno que necesitaba. Hace tres dias que esta afanado en escribir una carta de ocho paginas, con dibujos hechos a pluma en los lados, para el onomastico de su madre, que viene con frecuencia a esperarlo; una mujer alta y gruesa como el, muy carinosa.

    Estoy seguro de que arriesgaria su vida por salvar a un companero y que hasta se dejaria matar por defenderlo. Aunque por su hablar recio parezca que refunfune, su voz viene, en vez, de un corazon noble y generoso.

    Garrone no habria dicho jamas lo que ayer por la manana profirio Nobis para zaherir a Betti. Carlos Nobis se muestra orgulloso por ser hijo de padres acomodados. Su padre, un senor alto, con barba negra, muy serio, acude casi todos los dias a la puerta de la escuela para acompanar a su hijo hasta casa.

    Betti se puso muy rojo y no respondio; pero le saltaron las lagrimas y, al llegar a su casa, le conto lo sucedido a su padre, un honrado carbonero, hombre de poca talla, que parece negro por lo tiznado que va. El ofendido padre se presento por la tarde con su chico de la mano a quejarse al maestro.

    Mientras esto sucedia, estando todos nosotros muy callados, el padre de Nobis, que le estaba quitando la capa a su hijo en la puerta, segun su costumbre, oyo pronunciar su nombre y entro a pedir una explicacion.

    El chico, de pie en medio de la clase, con la cabeza baja delante del pequeno Betti, no rechisto. El padre comprendio entonces que era cierto; le agarro de un brazo, le obligo a que se aproximase mas al ofendido, poniendole frente a el, y le dijo:

    El carbonero permanecio un momento pensativo, mirando a los dos escolares en el mismo banco; despues se les acerco, miro a Nobis con expresion de afecto y de remordimiento a la vez, como si quisiera decirle algo, pero no le dijo nada; alargo la mano para hacerle una caricia y se contuvo, limitandose a rozarle ligeramente la frente con sus toscos dedos. Luego se acerco a la puerta y, volviendose una vez mas para mirarlo, desaparecio.

    El hijo del carbonero fue alumno de la maestra Delcati, que hoy ha venido a casa a visitar a mi hermanito, que esta malucho, y nos ha hecho reir al decirnos que la madre de ese chico hace dos anos, le llevo, como obsequio, una gran espuerta de carbon, para darle las gracias por la medalla que habia dado a su hijo; la mujer se obstinaba en no quererse llevar el carbon a su casa, y casi lloraba cuando tuvo que volverse con el regalo.

    Nos hemos divertido mucho oyendola, y, gracias a ella, mi hermanito se ha tomado la medicina que en un principio no queria ingerir. Cuanta paciencia deben tener con los parvulitos, sin dientes en la boca, como los ancianos, que no saben pronunciar erre, ni ajo; la clase resulta un guirigay: el uno tose, el otro echa sangre por la nariz, hay quien pierde los zapatitos debajo del banco, otro chilla porque se ha pinchado su manecita de manteca, o por otra cosa cualquiera. Apenas pueden estar unos minutos atentos. ¡Que trabajo mas pesado tener cincuenta o mas criaturas encerradas en un aula, que no saben estarse quietos ni hacer nada ellas solas! Hay madres que quisieran que a sus hijitos de tres y cuatro anos les ensenasen a leer y escribir; pero con justa razon no les hacen caso las maestras, y les ensenan muchas cosas convenientes fuera de eso pero como jugando.

    Los peques llevan en los bolsillitos terrones de azucar, botones, tapones de botella, pedacitos de tejos, toda clase de menudencias que la maestra busca y no siempre encuentra porque saben esconderlas hasta en los sitios mas inverosimiles, incluso en el calzado.

    Una maestra de parvulitos debe hacer de mama con esa gentecilla, ayudarles a vestirse, vendarles las heriditas que se producen o que se hacen unos a otros en sus frecuentes rinas y peleas, recoger las gorritas que tiran, cuidar de que no cambien los abriguitos, pues luego todo son rabietas y lloros.

    Alguna vez se enfada con los crios la maestra de mi hermanito y, cuando no puede aguantar mas, se muerde un dedo para no propinar ningun cachete ni azotito; pero, cuando pierde la paciencia, se arrepiente en seguida y acaricia al nene que ha reganado: a veces se ve obligada a despachar de la clase a un pequenuelo, pero contiene su pena y va a desahogarse con los padres, que por castigo dejan sin comer a sus ninos.

    Mucho, si; pero luego, cuando termina el curso, si te he visto no me acuerdo. Cuando pasan a otras clases superiores, casi se avergüenzan de decir que han sido alumnos mios. Al cabo de dos anos que suelo tenerlos, me encarino mucho con ellos y me duele que debamos separamos

    Hay chicos de los que digo: Este no sera como otros, y siempre me mostrara su carino. Pero pasan las vacaciones, empieza el nuevo curso, le veo ir tan tieso a una clase superior, salgo a su encuentro y le digo: Hola, pequenin

    En presencia de la maestra de tu hermanito faltaste al respeto a tu madre. Procura que esto no vuelva a repetirse, Enrique. Tu irreverente palabra ha penetrado en mi corazon como punta de acerado cuchillo. Yo pensaba en tu madre cuando hace unos anos, estando tu enfermo, paso toda la noche inclinada sobre tu cama observando tu respiracion, vertiendo lagrimas de angustia y temblando de miedo por creer que iba a perderte; yo temia que llegase a enloquecer de pena, y ante tal posibilidad experimente cierta ojeriza hacia ti. ¡No ofendas nunca en lo mas minimo, ni siquiera con el pensamiento, a tu madre, que gustosamente daria un ano de felicidad por evitarte una hora de dolor, que seria capaz de mendigar por ti y se dejaria matar por salvarte la vida!

    Cuando ya seas un hombre hecho y derecho y estes probado en toda clase de contrariedades, la invocaras mil veces, oprimido por el inmenso deseo de volver a oir su voz por un momento y verle abrir de nuevo sus brazos para arrojarte en ellos sollozando, como tierno nino carente de proteccion y de consuelo.

    No esperes tranquilidad en tu vida si hubieres entristecido a tu madre. Te arrepentiras, le pediras perdon, veneraras su memoria, pero todo sera inutil, pues la conciencia no te dejara vivir en paz; su bondadosa y dulce imagen tendra siempre para ti una expresion de tristeza y de reconvencion que torturara tu alma. ¡Mucho cuidado, Enrique! Se trata del mas sagrado de los afectos humanos. ¡Desgraciado del que lo pisotea!

    El asesino que respeta a su madre aun tiene algo de honrado y de noble en su corazon; el hombre mas ilustre que la haga sufrir y la ofenda no sera mas que una vil criatura. Que no salga de tu boca jamas una palabra dura para la que te ha dado el ser. Y si alguna se te escapa, no sea el temor a tu padre, sino un impulso del alma lo que te haga arrojarte a sus pies, suplicandole que con el beso del perdon borre de tu frente la mancha de la ingratitud.

    Yo te quiero, hijo mio, eres la mayor ilusion de mi vida; pero preferiria verte muerto antes que un ingrato con tu madre. Por algun tiempo abstente de mostrarme tu afecto, pues no podria corresponderte con carino

    Mi padre me perdono, aunque yo me quede bastante triste, y mi madre me mando a dar un paseo con el hijo mayor del portero. A mitad del paseo, cuando estabamos cerca de un carro parado delante de una tienda, oigo que me llaman por mi nombre, y me vuelvo.

    Era Coretti, mi companero de clase, con su jersey color chocolate y su gorra de piel, sudando y alegre, que llevaba un gran haz de lena al hombro. Un hombre subido al carro le echaba un brazado de lena vez por vez; el lo cogia y lo llevaba a la tienda de su padre, donde los iba amontonando de prisa y corriendo.

    . Aprovecho el tiempo. Mi padre ha salido con el dependiente para cierto asunto; mi madre esta enferma, y tengo que ocuparme de la descarga. Mientras tanto repaso la leccion para manana. Mi padre me ha dicho que estara aqui a las siete para pagarle a usted

    ; por eso tengo que hacer los deberes de clase a ratos y como pueda. Estaba escribiendo las oraciones gramaticales que nos ha mandado cuando tuve que parar para despachar lo que me pedia la gente. Al reanudar el trabajo, se ha presentado el carro. Esta manana ya he ido dos veces al mercado de lena, que esta en la plaza de Venecia. Tengo las piernas que no me las siento, y las manos hinchadas. Menos mal que no he de hacer ningun dibujo. ¡Para eso estoy yo ahora!

    Es el cafe para mama; he tenido que aprender a hacerlo. Espera un poco y se lo llevaremos; asi te vera y se alegrara. Hace siete dias que esta en cama. ¡Accidentes del verbo! Siempre me quemo los dedos con esta dichosa cafetera. ¿Que he de poner despues de las mochilas para los soldados? Hace falta mas, pero no se me ocurre de momento. Ven a ver a mama

    . ¿Te has tomado las dos cucharaditas de jarabe? Cuando no quede, hare una escapada a la farmacia. La lena ya esta descargada. A las cuatro pondre la carne a cocer, como me has dicho, y, cuando pase la mujer de la mantequilla, le dare su dinero. Todo se hara: Tu no tienes que preocuparte

    Quiso que tomara un terron de azucar, y luego Coretti me enseno el retrato de su padre en una foto colocada en un cuadrito con marco, ostentando en el pecho la medalla al merito, que gano en 1866, sirviendo en la division del principe Humberto. Tenia la misma cara del hijo, con sus ojos vivarachos y su sonrisa tan simpatica.

    ¡Esto si que es gimnasia y no los movimientos de brazos que hacemos en la escuela! Quiero que cuando regrese mi padre encuentre toda esta lena serrada; se alegrara. Lo malo es que, despues de este trabajo, hago unas tes y unas eles que, como dice nuestro maestro, parecen serpientes. ¿Que quieres? Le dire que he tenido que mover los brazos. Lo importante es que mi madre se ponga bien pronto, eso si. Hoy, gracias a Dios, esta bastante mejor. La Gramatica la estudiare manana al levantarme. ¡Ah, ahora viene el carro con los troncos! ¡Al trabajo!

    Nos estrechamos las manos, corrio a cargarse el primer tronco y empezo a hacer viajes del carro al almacen y viceversa, con su cara sonrosada, su gorrita de piel en la cabeza, siempre tan vivo que da gusto verlo.

    Coretti estaba muy contento esta manana por haber venido a presenciar los examenes mensuales su maestro de la segunda, el senor Coatti, un hombreton con abundante pelo muy crespo, gran barba negra, ojos grandes oscuros y una voz de trueno, que acostumbra a amenazar a los ninos con hacerlos pedazos y llevarlos de la oreja a la prevencion, pone el semblante adusto; pero nunca castiga a nadie, y se sonrie por detras de su barba, sin que los chicos se percaten.

    Con el senor Coatti son ocho los maestros del grupo, incluyendo tambien un suplente, barbilampino, que parece un chiquillo. Hay un maestro, el de la seccion cuarta, algo cojo, arropado en una gran bufanda de lana, siempre con dolores adquiridos cuando era maestro rural, pues ejercia en una escuela humeda, cuyas paredes goteaban.

    Otro maestro, el de la cuarta B, es ya viejo, muy canoso y ha sido profesor de ciegos. Hay uno bien vestido, con lentes y bigotitos, al que apodan el abogadillo, porque siendo ya maestro se hizo abogado, curso la licenciatura de Derecho y es autor de un libro para ensenar a escribir cartas.

    En cambio, el que nos da la gimnasia tiene tipo de soldado, estuvo sirviendo con Garibaldi y se le ve en el cuello la cicatriz de una herida de sable que recibio en la batalla de Milazzo. Luego esta el Director, un hombre alto, calvo, que usa gafas con armazon de oro, y tiene una barba que le llega al pecho; viste de negro y siempre va abotonado hasta la barbilla; es tan bueno con los chicos, que, cuando van a la direccion temblando para recibir una reprimenda, no les grita, sino que los toma de la mano y les dice paternalmente que no deben portarse como lo hacen, que deben arrepentirse, prometer ser buenos. Habla con modos tan suaves y con una voz tan dulce, que todos salen con los ojos enrojecidos y mas confusos que si los hubiese castigado. ¡Pobre Director! Es el primero que llega por la manana al grupo para esperar a los alumnos y hablar con los padres; y cuando los maestros ya se han ido a su casa, todavia da una vuelta alrededor de la escuela para ver si hay chicos que se cuelgan en la trasera de los coches o se entretienen por las calles a jugar o llenando las carteras de arena o de piedras; cada vez que aparece por una esquina, tan alto y enlutado, escapan bandadas de muchachos en todas direcciones, suspendiendo al instante el juego de bolas o de peonza, y el les amenazaba desde lejos con el indice, pero sin perder su aire afable y triston.

    No queria seguir ejerciendo su profesion despues de semejante desgracia; habia extendido la peticion para jubilarse y la tenia de continuo en la mesa; pero no la presentaba porque le disgustaba separarse de los ninos. Sin embargo, el otro dia parecia decidido, y mi padre, que se hallaba con el en la direccion, le decia:

    Al ver a aquel chico, el Director hizo un gesto de extraneza; le miro un ratito, luego observo el retrato que tenia en la mesa, volvio a fijarse en el muchacho, lo sento en sus rodillas, haciendole levantar la cara. Aquel chico se parecia mucho a su hijo, y dijo el Director:

    Su hijo era voluntario del ejercito cuando murio; por eso el Director va siempre a la plaza a ver pasar a los soldados cuando salimos de la escuela. Ayer pasaba un regimiento de infanteria y cincuenta muchachos se pusieron a saltar alrededor de la musica, cantando y llevando el compas con las reglas sobre la cartera. Nosotros estabamos en un grupo, en la acera, mirando. Garrone, oprimido entre su estrecha ropa, mordia un pedazo de pan; Votini, aquel tan elegantito, que siempre esta quitandose las motas; Precossi, el hijo del forjador, con la chaqueta de su padre; el calabres; el albanilito; Crossi, con su roja cabeza; Franti, con su aire descarado, y tambien Robetti, el hijo del capitan de artilleria, el que salvo al nino del omnibus y que ahora anda con muletas. Franti se echo a reir de un soldado que cojeaba. Pero de pronto sintio una mano sobre el hombro; se volvio: era el Director.

    Debeis querer mucho a los soldados. Son nuestros defensores. Ellos irian a hacerse matar por nosotros si manana un ejercito extranjero amenazase nuestro pais. Son tambien muchachos, pues tienen pocos mas anos que vosotros, y tambien van a la escuela: hay entre ellos pobres y ricos, como entre vosotros, y vienen tambien de todas partes de Italia. Vedlos, casi se les puede reconocer por la cara: pasan sicilianos, sardos, napolitanos, lombardos. Este es un regimiento veterano, de los que han combatido en 1848. Los soldados no son ya aquellos, pero la bandera es siempre la misma. ¡Cuantos habran muerto por la patria alrededor de esa bandera, antes que hubierais nacido vosotros!

    La bandera, llevada por un oficial, paso delante de nosotros, rota y descolorida, con sus medallas sobre el asta. Todos a la vez llevamos la mano a las gorras. El oficial nos miro sonriendo y nos devolvio el saludo con la mano.

    Es un buen chico y, ademas, estudioso; pero demacrado y palido, le cuesta trabajo respirar. Su madre es una senora pequena y rubia, vestida de negro, que acostumbra acudir a la puerta de la escuela a la salida para evitar que salga en tropel con los demas, y lo acaricia mucho.

    Como tiene la desgracia de ser jorobado, muchos chicos se bUrlaban de el en los primeros dias y hasta le pegaban en la espalda con las bolsas; pero el nunca se enfadaba ni decia nada a su madre, para no darle el disgusto de saber que su hijo era objeto de burla por parte de sus companeros. Se mofaban de el y el pobre chico sufria y lloraba en silencio, apoyando la frente sobre el banco.

    El maestro le puso cerca de Garrone, en el mismo banco, y se han hecho muy amigos. Nelli ha tomado mucho carino a su corpulento companero; apenas entra en la escuela, le busca, y nunca se va sin decirle:

    Cuando a Nelli se le cae una pluma o un libro debajo del banco, Garrone se inclina y se los recoge, y despues le ayuda a ordenar la bolsa y a ponerse el abrigo. Por todo ello, Nelli le quiere mucho, le mira constantemente y, cuando el maestro lo alaba, se pone tan contento como si le alabase, a el. Nelli tuvo que referirselo todo a su madre, tanto las burlas y lo que le hacian sufrir los primeros dias como el comportamiento del companero que le defendio y a quien tanto quiere; debe haberselo dicho por lo sucedido esta manana.

    El Director llamo al bedel y lo mando al aula. Un minuto despues llego Garrone, muy extranado, a la puerta. Apenas lo vio, salio la senora a su encuentro, le echo los brazos al cuello, le dio muchos besos en la frente y le dijo:

    Garrone capta el carino de todos, y Derossi, la admiracion. Ha obtenido el primer premio y, con toda seguridad, sera tambien el primero de la clase este ano, pues nadie puede competir con el; todos reconocen su superioridad en todas las asignaturas.

    Es el primero en Aritmetica, en Gramatica, en Redaccion, en Dibujo ... Todo lo comprende al vuelo, tiene una memoria prodigiosa, en todo sobresale sin esfuerzo; parece que el estudio es un juego para el. El maestro le dijo ayer:

    Es tambien, ademas, alto, guapo, de pelo rubio y rizado, muy agil, capaz de saltar por encima de un banco sin apoyar mas que una mano sobre el; y ya sabe esgrima. Tiene doce anos; es hijo de un comerciante; va siempre vestido de azul, con botones dorados; es vivaracho, alegre, amable con todos, ayuda a los que puede en el examen y nadie se atreve a desairarlo o decirle una palabra malsonante.

    Solamente le miran de reojo Nobis y Franti, y a Votini le salta la envidia por los ojos; pero el no parece darse cuenta. Todos le sonrien y le dan la mano o le cogen carinosamente el brazo cuando pasa a recoger, con su acostumbrada afabilidad, los trabajos que hemos hecho. Regala periodicos ilustrados, dibujos, cuanto a el le regalan en su casa; para el calabres ha hecho un pequeno mapa de Calabria; todo lo da sonriendo, sin pretensiones, a lo gran senor, y sin hacer distinciones. Resulta imposible no envidiarlo y no sentirse inferior a el en todo.

    Ah, yo tambien lo envidio, como Votini, y alguna vez experimento cierta amargura y siento una especie de inquina hacia el cuando apenas logro hacer los deberes en casa y pienso que Derossi los habra terminado con muy poco esfuerzo. Pero luego, al volver a clase, viendole tan sencillo, sonriente y afable; oyendole contestar con tanta seguridad a las preguntas del maestro, arrojo de mi pecho todo rencor, y me avergüenzo de haber dado cabida a tales sentimientos. Entonces quisiera estar siempre a su lado y seguir todos los estudios con el. Su presencia, su voz, su camaraderia me infunden valor, ganas de trabajar, alegria y placer.

    . Lo estaba copiando esta manana, y estaba conmovido por el hecho heroico que se relata; se le veia el rostro encendido, los ojos humedos y la boca temblorosa. Yo le miraba admirando sus hermosas cualidades, y con mucho gusto le habria dicho en su cara con toda franqueza:

    En 1859, durante la guerra de liberacion de Lombardia, pocos dias despues de la batalla de Solferino y San Martino, ganada por los franceses e italianos contra los austriacos, en una hermosa manana del mes de junio, iba un pequeno escuadron de caballeria de Saluzzo por estrecha senda solitaria hacia las posiciones enemigas, explorando atentamente el terreno.

    Mandaban el escuadron un oficial y un sargento; todos miraban a lo lejos, delante de si, con los ojos fijos y silenciosos, preparandose para ver blanquear de un momento a otro, entre los arboles, los uniformes militares de las avanzadas enemigas.

    Llegaron asi a una casita rustica, rodeada de fresnos, delante de la cual solo habia un chico de unos doce anos, que descortezaba una ramita con una navaja para hacerse un bastoncito; en una de las ventanas de la casa tremolaba una bandera tricolor; dentro no habia nadie; los aldeanos, despues de izar la bandera, habian desaparecido por miedo a los austriacos.

    En cuanto el chico diviso la caballeria, tiro el baston y se quito la gorra. Era un guapo muchacho, de aire atrevido, con ojos grandes y azules, el pelo rubio y largo; estaba en mangas de camisa y se le veia el desnudo pecho.

    El oficial se quedo pensativo; luego se apeo del caballo, y, dejando a los soldados alli, frente al enemigo, entro en la casa y subio al tejado ... La casa era baja y desde el tejado solo se abarcaba una pequena extension de terreno.

    En un santiamen estuvo el chiquillo en lo mas alto del arbol, abrazado al tronco, con las piernas entre las hojas, pero dejando al descubierto su pecho; le daba el sol en la rubia cabeza, que brillaba como el oro. El oficial apenas le veia, por lo pequeno que resultaba a aquella altura.

    Un tercer silbido rabioso paso por lo alto, y casi al instante Se vio al muchacho venir abajo, deteniendose un segundo en el tronco y en las ramas, para luego caer al suelo de cabeza con los brazos abiertos.

    El chico habia caido de espaldas, quedando tendido con los brazos abiertos, hacia arriba; un reguero de sangre le salia del pecho por la parte izquierda. El sargento y dos soldados se apearon de sus caballos; el oficial se agacho y le separo la camisa: la bala le habia penetrado en el pulmon izquierdo.

    El oficial palidecio y estuvo contemplandole unos instantes; luego lo acomodo poniendole la cabeza sobre la hierba; se levanto y permanecio un momento mirandole. Tambien le miraban, inmoviles, el sargento y los dos soldados; los demas estaban vueltos hacia el enemigo.

    Luego se acerco a la casa, quito de la ventana la bandera tricolor y la extendio como pano funebre sobre el nino muerto, dejandole la cara al descubierto. El sargento coloco junto al muerto el calzado, la gorra, el bastoncito y la navajita. Aun permanecieron un momento silenciosos; despues el oficial se dirigio al sargento y le dijo:

    Al ponerse el Sol, toda la linea de la vanguardia italiana avanzaba hacia el enemigo, y por el mismo camino que habia recorrido por la manana el escuadron de caballeria marchaba en dos filas un batallon de bersalleros, el cual pocos dias antes habia regado, valerosamente, de sangre la colina de San Martino. La noticia de la muerte del muchacho se habia propagado ya entre aquellos soldados antes de que dejaran sus campamentos. El sendero, flanqueado por un arroyuelo, pasaba a poca distancia de la casa. Cuando los primeros oficiales del batallon vieron el cadaver del pequeno tendido a los pies del fresno y cubierto por la bandera tricolor, lo saludaron con sus sables, y uno de ellos cogio en la orilla del arroyo un punado de flores y se las esparcio por encima del cuerpo.

    Un oficial le puso la medalla al merito, otro le beso en la frente. y continuaban lloviendo las flores sobre sus desnudos pies, sobre el ensangrentado pecho y sobre la rubia cabeza. El parecia dormido sobre la hierba, envuelto en su bandera, con el rostro palido y casi sonriente, como si se percatase de los saludos y estuviese contento de haber dado la vida por su Lombardia.

    Dar la vida por la patria, como el chico lombardo, es una gran virtud; pero tu, hijo mio, no descuides otras mas modestas. Esta manana, yendo delante de mi cuando volviamos de la escuela, pasaste junto a una pobre que tenia en sus rodillas a un nino extenuado y palido, que te pidio una limosna. La miraste y no le diste nada, aunque llevabas dinero en el bolsillo.

    Mira, hijo mio, no te acostumbres a pasar con indiferencia ante la miseria que tiende la mano, y mucho menos por delante de una madre que implora algo para su hijo. Piensa en que quiza aquel nino tuviese hambre; piensa en la desesperacion de aquella mujer. Imaginate la inconsolable tristeza que sufriria tu madre si un dia se viese obligada a decirte: Enrique, hoy no puedo darte ni un pedazo de pan.

    Cuando doy una moneda a un mendigo y el me dice: Que Dios se lo pague y les de mucha salud a usted y a los suyos, no puedes comprender la dulzura que experimenta mi corazon ante tales palabras y lo agradecida que le quedo al menesteroso. Me parece que con semejante augurio voy a poder conservaros con buena salud durante mucho tiempo; vuelvo a casa contenta y pienso: ¡Oh, aquel pobre me ha dado bastante mas de lo que yo le he entregado!

    Pues bien, haz que pueda oir alguna vez ese augurio provocado y merecido por ti; private de algo o saca de vez en cuando unas monedas de tu bolsillo para ponerlo en la mano de un anciano sin proteccion, de una madre sin pan, de un nino sin madre.

    La limosna de un hombre es acto de caridad; pero la de un nino, ademas de caridad, es tambien como una caricia, ¿comprendes? Es como si de su mano se desprendiesen al mismo tiempo una moneda y una flor.

    Piensa que a ti nada te falta, y que a ellos les falta todo; que mientras tu anhelas ser feliz, ellos se contentan con poder seguir viviendo. Piensa que es una injusticia social que en medio de tantos palacios, por las mismas calles que pasan lujosos coches y ninos elegantemente vestidos, haya mujeres y ninos que no tienen que comer.

    ¡Que horror, Dios mio, que chicos como tu, tan buenos e inteligentes como tu, viviendo en populosas ciudades, no tengan que llevarse a la boca y arrastren una existencia infrahumana, parecida a las fieras perdidas en un desierto! ¡Ay, Enrique! No pases nunca por delante de una madre que pide limosna sin dejar en su mano una moneda.






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